Monjes negros: Entre la realidad y el delirio 

Publicado en Caras y Caretas

Por Boyanovsky Bazán

@hipersigno

Está un poco de moda hablar del Mago del Kremlin, por un misterioso personaje, asesor en las sombras del mandatario ruso Vladimir Putin, y relacionarlo con la política argentina. Monjes negros ha habido en la historia universal y los seguirá habiendo, como destacan encumbrados hombres de los medios. Aunque sus carreras meteóricas no siempre terminan mal, como sugirió uno de los encumbrados, sino que pueden tener finales inciertos e imprevisibles. En su concepción clásica literaria, como veremos más adelante, la suerte del consejero-monje negro raras veces está atada a la del aconsejado. Por una capacidad extraordinaria o sobrenatural, el monje negro sobrevive al poder y retorna a las sombras profundas de donde salió, o se reconvertirá en un nuevo monje negro. Su consejo trasciende intereses nacionales e institucionales. Va directo al núcleo psíquico de quien detenta el poder. El consejero puede volverse tan imprescindible y sus consejos tan necesarios como una droga psicoactiva, al punto de que el aconsejado corre el riesgo de ser consumido, dominado y manejado como una marioneta, de la forma en que obra el titiritero Craig Schwartz de la kafkiana ¿Quieres ser John Malkovich?; o al igual que el del mago Saruman a través de Grima-lengua bífida en El señor de los anillos. Las dos torres, haciendo creer al manejado que aún son suyos esos movimientos y esos discursos.

Ya lo había anticipado Maquiavelo en El príncipe (1532). No puede un gobernante que no es sabio ser bien aconsejado, excepto que cuente con un solo consejero “que lo guíe totalmente y que sea un hombre prudentísimo”. El problema es que en ese caso, su gobierno durará poco “porque ese tal que lo guíe en breve lapso le quitaría el Estado”.

La realidad puesta en cuestión

En ese sentido, sabiduría y cordura se ponen en juego en la relación asesor-asesorado. Así como Sócrates afirmaba recibir los consejos de un daimón (espíritu) que le advertía qué cosas no hacer –por ejemplo, meterse en política– a través de una voz que solo él escuchaba, el monje negro opera en sombras, tanto que nadie sabe quién es. Aunque conozcan su persona, nadie asume su rol de monje negro, al estilo Keyser Söze en Los sospechosos de siempre. Tal es su existencia subyacente que llega a rozar la psicosis. El mandante acaba siendo aconsejado por un consejero que solo él ve, solo él oye y su inexistencia empieza a ser un hecho verificable. Por los demás.

Pero volvamos al Mago del Kremlin al que suelen comparar con un funcionario freelance del gobierno, de camisas rosas y pelo revuelto. El título está tomado del libro de Giuliano da Empoli (Seix Barral, 2023) que narra las aventuras de Vadim Baranov –personaje ficticio inspirado en una persona real–, un productor de reality shows que acaba como el asesor más cercano a Putin y que como “el principal manipulador del régimen, convierte a todo un país en un escenario político de vanguardia” (de la contratapa del libro).

No está mal retomar esas fuentes rusas porque de allí nació nuestro monje negro, el chornyi monah en la lengua de Dostoievski. Y no fue Dostoievski, sino Chéjov, el hermoso Antón Pávlovich Chéjov, el que nos habló de esta figura y nos imprimió su imagen en la conciencia. El cuento “El monje negro”, de 1894, cuenta la historia del joven escritor Andréi Vasílich Kovrin, quien acude a una casa de campo y entabla relación con una joven, en apariencia insulsa, que termina enamorándolo de una forma espontánea y alocada. En uno de aquellos atardeceres bucólicos, Andréi recuerda que alguien le contó una profecía: mil años atrás se había visto vagar por el desierto de Siria o Arabia a un monje todo vestido de negro. “A varias millas de donde iba, unos pescadores vieron a otro monje negro que caminaba despacio por la superficie del lago. Este segundo monje era un espejismo (…) Del espejismo surgió un segundo espejismo, del segundo un tercero, de modo que la imagen del monje negro empezó a reflejarse interminablemente de una a otra capa de la atmósfera. Lo vieron en África, luego en España, más tarde en la India, y aún más tarde en el Extremo Norte… Acabó por salir de los límites de la atmósfera terrestre y ahora recorre el universo entero sin encontrar aquellas condiciones que pudieran hacerlo desaparecer.”

El eterno retorno

La leyenda cuenta que el monje negro volvería a aparecer en la tierra exactamente mil años después de su primera llegada. Casualmente, esos mil años se están cumpliendo en esos días. Una tarde, Kovrin ve en el horizonte una especie de torbellino que se alza desde la tierra y se vuelve una gran columna negra que comienza a moverse con rapidez hacia él, y que cuanto más se acerca más se empequeñece. “Un monje vestido de negro, de cabello entrecano y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho, pasó junto a él… sus pies desnudos no tocaban el suelo.”

La leyenda era cierta. El monje comenzó a aparecerse ante Kovrin y a compartir charlas profundas. Podía verlo y oír de él los más sabios consejos e interpretaciones:

–Has dicho “verdad eterna”… ¿Acaso la verdad eterna es accesible y necesaria a los hombres si no hay vida eterna?

–Hay vida eterna –respondió el monje.

–¿Tú crees en la inmortalidad del hombre?

–Sí, claro. A ustedes los hombres les espera un porvenir magnífico y brillante. Y cuantos más como tú haya en la tierra, más cerca estará ese provenir.

Chéjov, que era médico y estaba obsesionado con las perturbaciones de la mente, no pierde oportunidad de jugar con la dualidad entre el delirio y la magia. El propio monje le dice a Kovrin, en clave spinoziana: existo en tu mente y tu mente es parte de la naturaleza, por tanto existo en la naturaleza. Para sumar dudas, Kovrin atraviesa una enfermedad que puede estar causándole alucinaciones. Entonces, ¿existe el monje? Las sabias observaciones que recibe, ¿de dónde salen? ¿De su propia mente? Y si así, ¿por qué no las había tenido antes? El monje gobierna su vida. Lo controla. Lo absorbe a tal punto que solo quiere hablar con él, escucharlo a él, no dar un paso sin conocer su sabio consejo.

En algún momento, nuestro aconsejado, escritor o príncipe, terminará consumido por esa relación y ya no será más que un autómata, delirando, teniendo conversaciones imaginarias y tomando decisiones sobre realidades que no existen.

Entradas relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *